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jueves, 3 de mayo de 2012

Villa blanca

Lucía el sol.
Bajábamos los cuatro por la empinada callejuela
que nos llevaba hasta la plaza de "Los Pachorros"
Teníamos hambre,
estábamos buscando un lugar asequible para satisfacer el apetito.
Miramos en varios restaurantes, 
casi todos en el puerto.
Después de consultar los precios
del menú del día,
la mayoría rondaban las quinientas pesetas.
Terminando el pueblo, 
a pocos metros de la salida hacia  Galicia,
vimos otro.
"Villa blanca"
 casa fundada en 1958
Tenía una placa en la pared
donde se podía leer:
recomendado por la "guía Michelín",
El menú  nos parecía suculento:
patatas con bacalao,
lenguado rebozado
y de postre,
crema de manzana.
Total: seiscientas pesetas.
Resultaba un poco más caro que los vistos junto al mar,
pero ese día decidimos "hacer un extraordinario" y comer mejor.
Antes de entrar
y viendo como vestían los comensales,
decidimos subir hasta el camping y cambiarnos con ropa más adecuada,
la ocasión lo requería.
Entramos hasta el espacioso comedor.
 Nos recibió Alberto, la persona que regentaba la casa de comidas.
Tono, un camarero serio y servicial,
nos entregó la carta abierta.
Muchas gracias le contestamos,
 queremos el menú.
Tomó nota y se fue hasta la cocina para entregar la comanda


Era nuestro último día de  vacaciones.
Verano del '92
continuará ...


Hoy está lloviendo y hay tormenta:
 he confeccionado este conjunto:



martes, 17 de abril de 2012

Blancura azulada

Recuerdo una mañana de lunes, ropa de toda la semana para lavar.
Me iba a la escuela y mi madre se quedaba en la cocina con un montón de  sábanas y mudas, todas de color blanco.
Se oía el ruido ensordecedor de la lavadora y todo estaba impregnado de olor a "jabón de Lagarto" y "lejía Los abuelos".
Se pasaba  la jornada introduciendo coladas y más coladas,  hasta  la una de la tarde.
Después las aclaraba, una y otra vez, y para finalizar,  las dejaba en remojo, con un poco de añil.
Ese día hacía frío, como siempre llegaba de la calle con las manos  rojas y ateridas; para calentarlas, las  metí en el interior del horno.
Enseguida  reclamó mi ayuda:
¡Ven a ayudarme a retorcer las sábanas y a tenderlas, ...!
Cuando terminaba con esta tarea me esperaba un plato de sopa de cocido, berza y garbanzos, carne y relleno; el esfuerzo merecía la recompensa.
Por la tarde, recogíamos y doblábamos las prendas que se habían secado al ritmo del viento.
 Mi madre decía: 
¡ Qué blancas han quedado, mira qué relucientes, si parecen recién estrenadas, este azulete blanquea que es un primor!


Añil


Estas son las prendas  blancas que he decorado hoy:






El  blog con un poema:  lento va... a ninguna parte
Ilustración que acompaña al poema